Un medio más que echa la persiana. News of the World pasa a mejor vida, nada sorprendente en el escenario que vivimos, y lo hace tras una dilatada trayectoria… ¿periodística? Sin enfangarnos en el debate “qué es información”, y menos en semejante foro experto, esta noticia me hace repasar el papel de sus protagonistas.

El semanario, traficando con sensaciones y vísceras disfrazadas de noticias y hasta de servicio público, halladas a base de hurgar con el dedo en la nariz ajena. El público, masivamente desprovisto de conciencia crítica que aplaude y consume este material. Las víctimas de las escuchas, mina de desgracias con las que alimentar las ventas que avivarán sus propias heridas. La “opinión pública”, que al tiempo se lamenta amargamente de la falta de provacidad de esta sociedad.

Todos mirando para otro lado. Todos menos el verdadero profesional de este gremio, que tiene que echarle valor al defender su labor frente a medios que se aplican con denuedo en destruir la reputación de la profesión periodística. Así, ¿cómo queremos que la gente tenga ganas de estudiar periodismo? Si llamáramos a “esto” por otro nombre… bitcoin iniciar sesión

Quería compartir con ustedes un descubrimiento que se ha convertido en la banda sonora de mi verano 2011. La chica se llama Caro Emerald, es holandesa y sacó su primer disco, Deleted Scenes from the Cutting Room Floor,  en 2010. Es ahora cuando está comenzando a sonar en nuestro país su primer single, Back it up. Merece la pena escuchar el disco completo. Y ustedes ¿tienen alguna recomendación?

Puede parecer una impertinencia, incluso, en ocasiones, una ingratitud, pero la realidad es que no me gustan que me aliñen la vida. Disfruto condimentando mis momentos con las especias que más me gustan. Salpimentar mis platos me resulta tan placentero que prefiero hacerlo yo misma a que me lo hagan. Quiero poner el puñado justo de sal y pimienta y el chorrito adecuado de vinagre y aceite. Prefiero elegir. No quiero que me den las cosas hechas. Opto por realizar el esfuerzo, por trabajar para conseguir lo que quiero, justo lo que me gusta. A veces lo consigo, muchas no; pero seguiré intentándolo, prefiero arriesgar porque cada una de estas tentativas es, para mí, un éxito en sí mismo. Les animo a todos a hacer lo mismo. A trabajar por lo que quieren, a disfrutar del proceso que nos lleva a nuestras metas aunque éstas no lleguen nunca a materializarse. Les invito a involucrarse en su destino, a no dejarse llevar, a remar a contracorriente, a diseñar nuestro propio futuro… Es posible, el destino no existe. cambiar criptomonedas

Cuando mi amigo Gabi y yo llegamos a aquel poblado de Laos cargados con nuestras mochilas sólo sabíamos que había una torre para ver elefantes salvajes durante la noche, aunque no era la mejor época para hacerlo porque andaban por otros sitios… Tampoco nos importaba mucho. Nuestra intención era quedarnos allí un par de días o tres, estar con la gente y ver algo de naturaleza. Sin prisas. Sin exigir nada a nadie. Sin esperar ningún recibimiento. Si algo me gusta de viajar con mi amigo es que compartimos muchas cosas como viajeros. Nos gusta pasar desapercibidos (algo casi imposible en un país asiático, pues en seguida se ve que somos “guiris”). Así que cuando llegamos al poblado de casitas de madera y nos señalaron una especie de bancos con porche para que esperásemos ahí, lo hicimos sin más. El ambiente era tranquilo y relajado. Un grupo de hombres charlaba en laosiano. Obviamente no entendíamos nada. Al rato llegó un señor que chapurreaba algo de inglés. Elegimos la ruta para ese par de días y decidimos pasar una noche al raso, en la jungla. Nos indicó quiénes iban a ser nuestros guías. Y nos preguntaron si comíamos comida occidental o laosiana. Por supuesto, respondimos que laosiana. Y nos sentamos en el suelo, en la que debía ser la cabaña comunitaria, pues allí se reunieron al menos veinte personas alrededor de una enorme alfombra que fue llenándose de platos sencillos pero deliciosos. El arroz, la sopa, la carne, el pescado… Y cómo no, la BeerLao, una cerveza laosiana muy apreciada en Asia. Para rematar, unos deliciosos plátanos muy pequeños y dulces, y un licor: el LaoLao, un aguardiente que lo mata todo. Al final de la comida, cogieron un micrófono y empezaron a cantar… ¡como en un Karaoke! Nos pasaron el micro diciendo “¡sing song!” y tuvimos que salvar la dignidad como pudimos. Lo pasamos muy bien aquella tarde. No se nos ocurrió hacer fotos. Aquello no era una atracción. Y les aseguro que nunca, jamás, podré borrar esas imágenes de mi memoria.

Estoy indignado. Y cada día que pasa lo estoy más. Indignado por cómo los gobiernos bailan al son que marca la banca. Por cómo recortan en educación y sanidad mientras siguen subiéndose el sueldo cada vez más alcaldes. Por cómo la casi totalidad de los grandes medios de comunicación están tan politizados y tienen tantos intereses económicos que ya no son medios de información sino empresas que ofrecen entretenimiento tendencioso e insultante. Por cómo los líderes políticos hablan de que tienen la solución a la situación de España pero no la dicen ni la llevan a cabo. Por los pactos que juegan con el voto de los ciudadanos.

También estoy indignado por los empresarios que juegan con el pan de sus empleados, que te tratan como un simple número en su imperio económico. Por los jefes que salvan su culo a costa de sus trabajadores. Indignado por los compañeros que dejan de luchar por sus derechos, por los que piensan que trabajar de cualquier manera es más importante que luchar por un trabajo digno. Me indigna que me digan que estoy loco cuando me planteo dejarlo todo e irme lejos. España ya registra más emigrantes que inmigrantes y el que no quiera ver la verdadera gravedad de la situación es que está ciego. Mientras, yo me muero de ganas de hacer algo, lo que sea, porque ya no quiero seguir siendo parte del problema.

La palabra guachinche no está recogida en la Real Academia de la Lengua española, pero sí en wikipedia, por ejemplo, para los que quieran saber qué son. Hace no mucho tiempo, pregunté la definición exacta de guachinche en mi facebook y algunos amigos me dieron pistas: son locales abiertos en los bajos de las casas o garajes, ofrecen para comer dos o tres platos como mucho y el vino es de propia cosecha. ¡Ah! y en cuanto el vino se acaba, el guachinche se debe cerrar hasta la próxima vendimia. Eso es lo que me dijeron. Ahora, vuelvo a pensar en estos locales -que me encantan- a raíz de una noticia: la Cámara de Comercio y el Cabildo de Tenerife piden a los ayuntamientos que sancionen a aquellos “falsos guachinches” que hacen la competencia a los restaurantes y bodegueros. ¡Vaya! no sabía que los guachinches tenían tanta fuerza, tanta aceptación. Locales populares, acogedores y amables, con buen ambiente y agradables, de andar por casa, son queridos por la mayoría y echan un pulso a los restaurantes y bodegueros en una época que no está para risas ni para muchas bromas. Me recuerda un poco al movimiento social 15-M, tan comprendido y apoyado por casi todos y, por eso, machacado por la clase política y los empresarios. ¿Tiene sentido esta analogía? Bueno, el caso es que eso es lo que me parece. ¡Vivan los guachinches! y ¡viva el 15-M! plataforma para criptomonedas

Lo reconozco. Yo caí. Desde hace un tiempo me picó el gusanillo por llenar mi balcón de verduras, harta de tantas alertas alimentarias, de los avisos apocalípticos de que nos están envenando, de comer sin saber lo que degusto y sin que me sepa a nada. Me pareció buena idea. Empecé a investigar sobre el tema y a visitar múltiples páginas sobre huertos urbanos y me di cuenta de que era una ciencia. Visité Barcelona hace unos meses y me sorprendió la zona del Mercat de Sant Antoni, rodeada de calles estrechas llenas de pequeños negocios, muchos de ellos dedicados a los huertos urbanos. Decenas de modelos de macetas y estructuras para aprovechar el balcón al máximo, hasta para colgar las verduras de las paredes. Entonces me planté en mi balcón y puse plantitas aromáticas, un pimiento y una planta de algodón… Sin saber, por supuesto, que las verduras y especias y plantas medicinales hasta en un balcón hay que colocarlas según la teoría de “la asociación de cultivos”, vamos que no todas las plantas se llevan bien ni saben convivir (como los humanos).  Sin contarles el estado actual de mis plantas (llegó a salir un pimiento de verdad) les cuento que un atardecer me dispuse a regarlas para, en ese momento, una fila de coches, con un ruido ensordecedor, dejar su regero de basura procedente de los tubos de escape. Entonces me di cuenta. Los huertos urbanos llevan también su marca de la casa, esa contaminación que respiramos cada día y los cultivos no se libran de ella por ser verdes.

El huerto urbano, de Josep Mª Vallés, con prólogo de Bigas Luna.

Libro El huerto urbano, de Josep Mª Vallés, con prólogo de Bigas Luna.

La oficina de la Seguridad Social que me toca en suerte en este pueblo donde vivo es digna de una novela rusa de Dostoievski, por lo menos. En algunos días saldré de viaje, a un país de la Unión Europea y he tenido que hacer las gestiones para obtener la tarjeta sanitaria comunitaria, esa que me da derecho a atención médica si la necesitase en el país de destino.

Pues bien, el proceso para que me atendieran en este mostrador público es el siguiente: he tenido que llamar por teléfono para pedir cita previa. Lo intenté unas 6 veces. Sonaba y sonaba el teléfono y nadie lo atendía. A la séptima vez un señor muy educado me dio una cita para el día siguiente a las 10.15.

Allí me presenté con la documentación requerida, y cuando llegué me dirigí a la mesa de  información. Pero… sólo eran las 10.10. El funcionario me dijo: “tiene usted hora a las 10.15″, siéntese y espere. Asi hice. Cuando pasaron los cinco minutos, el señor aquel dijo en voz alta mi nombre. Acudí raudo. Y entonces…. el hombre, que cinco minutos antes me había mandado a sentar pulsó uno de los botones de la máquina de turnos, cortó el ticktet y me dijo: “tome, este es su número, siéntese allí y espere que lo llamen”.

Siento decirlo, pero se me quedó una cara de tonto espléndida: he tenido que llamar por teléfono para que un señor me diera cita para otro que lo único que hace es dar cita.

¿Ustedes entienden algo? ¿esto es para indignarse? ¿o no?

Finalmente, Hugo Chávez reconoció que tenía cáncer. Que ese era el motivo por el cual había viajado a Cuba para ser intervenido. A partir de ahí, todo claro. Y no me sorprende que haya tardado en admitirlo por las consecuencias que conlleva, no sólo la  enfermedad en sí, sino estar el frente de un país y no poder hacerse cargo por una sed de poder que es más perjudicial que la dolencia que padece. En realidad, ese es el verdadero mal de Chávez y prueba de ello es todo lo que el cáncer suscitó una vez que el presidente venezolano lo confirmó al pueblo.

El discurso que ha girado en torno a este asunto es realmente patético. No sólo por parte suya sino de sus seguidores, simpatizantes y de los analistas políticos. Haciendo una lectura rápida de los diferentes periódicos, hay quienes incluso se plantean si la  enfermedad de Chávez beneficiará o no a la oposición de cara a las elecciones que se celebran el próximo año en el país latino. Otros, si el cáncer será el arma que utilizará el líder socialista para decir que “cuando se quiere, se puede”, que la victoria no está lejos y que él es una prueba fehaciente de ello, por si a alguien le quedan dudas.

La enfermedad de Chávez se llama poder, por eso gobierna desde la distancia y pese a sus limitaciones. Mientras hay personas con una realidad similar que se levantan cada mañana dando las gracias por un día más de vida, sin falsos victimismos ni especulaciones. A eso se le llama valor, esperanza y ganas de luchar. Y ese es el verdadero triunfo y la verdadera revolución. Sólo que no están reconocidas por el exteriorni por la sociedad, sino en el interior de cada uno.

 

Las revoluciones individuales siempre han estado minusvaloradas y desde aquí quisiera llamar la atención sobre lo determinantes que pueden llegar a ser. No en vano, la suma de muchas reivindicaciones individuales son el germen de todos los cambios sociales que se han producido en el mundo a lo largo de la historia. Personas anónimas y sin aparentemente ningún tipo de influencia especial, pueden hacer temblar gobiernos y cambiar el rumbo de los países. No lo olvidemos.

Así pasó cuando muchos individuos que se oponían a la guerra de Vietnam decidieron unir sus voces, o cuando otros muchos jóvenes decidieron tomar la calle en mayo del 68 y contagiaron de su ímpetu a toda la sociedad francesa. Estos son dos ejemplos, hay algunos más recientes como los que provocaron cambios de gobierno en Túnez o Egipto. Seguro que si nos ponemos a pensar encontraremos muchos más; son movimientos que surgen de la indignación de muchos hombres y mujeres que se ponen de acuerdo en busca de un objetivo común.

En España parecía que la sociedad estaba adormilada, que los jóvenes pasaban de todo, existía la creencia de que nada podía cambiar; así los grandes poderes campaban a sus anchas y hacían todo aquello que les venía en gana. Ahora, con los movimientos del 15M, España está diciendo basta ya, mucha gente que pensaba igual y que estaba desconectada a encontrado un lugar común donde expresar sus ideas, más allá de las redes sociales. Espero que este sumatorio de revoluciones individuales logre convertirse en la semilla de una sociedad mucho más justa.

Marte[en]medio fue a Chernobil, esto fue lo que vivió…

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